viernes, 27 de diciembre de 2013

Besar el adiós












Besar el adiós. Un adiós seco al principio, como un golpe de hielo en plena cara, en las ignoradas antípodas del amor, encuentro y desencuentro. Ella, herida mortalmente por su llama, es huella y es camino. Ella, cual Afrodita en celo, irreverente, se escapa a bailar tangos por la noche. El baile es como el beso, es el principio, es el amor, es el no amor y es el adiós. 
              L.C.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Desparpajo

desparpajo me da la madrugada
y puedo imaginar tu ronroneo
junto a otra piel que no es la mía

y nada es igual ni parecido
ya no

pensarte así en desmayo vulnerable
tus párpados 
ese abanico de pestañas áureas
y una sonrisa apenas leve
que guarda los secretos con candado

adivinarte abandonado en tu delirio
soñando campos de amapolas
entre dedos que te acusan

y tú
un semidios desnudo
un capitán de barco a la deriva
recorriendo laberintos
de cornisa en cornisa hasta alcanzarme

y yo
ocuparte por entero y sin fisuras
husmear en tus rendijas 
en ese devenir de niño grande
en esa soledad disimulada
que baila crepitando
que grita con la boca muda

                                     L.C.


viernes, 20 de diciembre de 2013

Enamorada

Obra de la artista plástica Allison García



Como risas de veranos
fue su beso humedecido,
como campo amanecido
los murmullos de sus manos,
desfallecientes, profanos,
me atraparon en su red
meciéndome a su merced,
enamorada y confusa,
agitada cual medusa
como lo imagino a usted.
               L.C.



                                       
                                            

domingo, 15 de diciembre de 2013

Nos perdonó la vida

imagen prestada por Ana Laskowski

Llegó sin avisar. A pasearse oronda por tu piel ceniza. A navegar altiva tus orillas . A sorprender tus cauces confundidos. Y me sentí celosa. Y me sentí perdida cuando la vi abrazarte. Su melena de seda te cubría los párpados. Sensual, provocativa, mundana, irreverente. Se acercaba a tu boca para morderte el aire. Para besar tus sueños y secuestrar los nuestros. Y ser la enredadera de tu cuerpo.

Estupor y silencio. El futuro fue ahora. Adiós a fotos juntos. A reír nietos. Al viaje prometido. A contarnos secretos.
Soledad no te quiero, susurraba mi pecho. No quiero las mañanas sin tus manos. Ni mi cintura libre de tu peso. No quiero el mar si no te veo. Ni respirar la luna ni amar de nuevo.

Sin otras armas que mi desconsuelo salí a pelear un duelo desparejo. Y nos miramos ambas. Y se cambió de ropa. Me dejó con sus harapos y mis miedos. Y marchó poderosa. No sé si volverá ni lo deseo.

Sé que esta vez nos perdonó la vida. 
                                L.C.
     

viernes, 13 de diciembre de 2013

Los olivos de mi calle


Tu melena se agita
por momentos gemido
 verde lluvia de lágrimas
hojuelas de acertijos
cuelga oronda en racimos
se desmaya atrevida

Son tus brancas alivio
tus colores lozanos
esmeraldas oscuras
papeles de aceitunas
y tu tronco un amparo
en mi nueva morada
que rodea y abraza
como madre a su nido
L.C.


lunes, 9 de diciembre de 2013

Lagartos

De madrugada me atraviesan los lagartos de la penumbra
y me abro al  silencio de sus lenguas secas.
Nada hay más arcano que el deseo de estar conmigo
y respirarme los poros
del eterno aburrimiento.
Inspirar el vago aliento de la casa que se esconde
y me ampara en su quietud perpleja
y dejarme convencer
por el rumor de letras que me persigue
para al fin ahogarme entre sus telarañas.

Anómalas presencias me rodean.
Y me asaltan
susurros encantados de identidades muertas.
Y juego con ellas raros pasatiempos
y dibujamos crucigramas infinitos,
opacas transparencias, gritos enmohecidos
recorren pasadizos jazminados.
                                    L.C.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Insolente

Las sirenas - Gustav Klimt
Mi huella de viajera
se acomoda insolente a tu almohada.
Y es barca y es sirena reflejada
en un rincón de tu hombro,
perdida entre tus pliegues y detalles
-¡qué más me da que calles!-
igual trepo a tu nuca y yo te nombro.
Soy mar azul y asombro,
soy gata y soy pantera
y transito tu cuerpo… pasajera.
L.C.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Duelo sin puntuación

duelo largo duelo duna
duelo del amor errante
y de los sueños perdidos
de las lunas en menguante
de los soles aturdidos
y de la piel aceituna
en camas de ojos dormidos

duelo que llega doliendo
y con la culpa se enreda
de aquellas fotos gastadas
y de caricias de seda
en las manos arrugadas
duelo que se va perdiendo
entre portal y vereda

duelo padre duelo hijo
duelo de pieles lozanas
de la infancia que se aleja
de secretos entre hermanas
de leyenda y moraleja
duelo mueca y entresijo
 sin postigos ni ventanas

duelo largo duelo duna
duelo hija flor naciente
que camina al infinito
entre raíz y simiente
entre la risa y el grito
salidita de la cuna
agua cristal transparente

duelo mío duelo nuestro
universal y profano
que desgarra y ensombrece
que pasa de mano en mano
y para más engrandece
que viene desde el ancestro
para refundar lo humano
                    L.C.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Equilibrista

1º Premio 17è Concurs Victor Alari 2013 (en català)

Ara està enfilant-se pel meu coll
i a poc a poc va pujant pel clatell,
per una estona s’instal•la tèbiament
sobre el meu cerebel, equilibrista,
s’estira i grimpa àgil damunt la cara,
em toca les arrugues, ronroneja,
balla danses de guerra i de deliri
i sacseja el vesper del meu espant,
sotsobre com vaixell fet de paper
en mars de sal, en mars de cotó fluix.

Llepa la meva pell, cada un dels meus porus,
és gegant, un follet, un taumaturg,
la síntesi de Déu i del diable,
la poma prohibida, el paradís.

M’assaboreix les corbes, les badies,
em penetra voraç o bé entendrit,
res deixa a l’atzar doncs tot m’ho pren:
els accidents, les ombres, les esquerdes.

És quedarà amb mi per sempre més,
ho sé, llavors jo decideixo
si serà cicatriu o  bé ferida,
si dormirà amagat entre homenatges,
o bé a sota de dunes daurades
  on va trobar refugi el meu cor.
                               L.C.


(Equilibrista en castellano)
Ahora está enredándose en mi cuello
y sube despacito por la nuca
y por un rato se acomoda tibio
sobre mi cerebelo, equilibrista,
se estira y trepa ágil a mi cara,
me toca las arrugas, ronronea,
baila danzas de guerra y frenesí,
sacude el avispero del espanto,
zozobra como un barco de papel
en mares de algodón, mares de sal.

Va lamiendo mi piel poro por poro,
es gigante, es duende y taumaturgo,
la síntesis de Dios y el Diablo ingenuo,
la manzana prohibida y el nirvana.

Saborea mis curvas, mis bahías,
me penetra voraz o enternecido,
nada  deja al azar, todo lo toma:
accidentes, lunares y hendiduras.

Se quedará conmigo para siempre,
lo sé, entonces yo decido cómo,
si será cicatriz o herida abierta,
si dormirá escondido entre homenajes,
debajo de los médanos dorados
donde supo anidar mi corazón.
                            L.C.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Radiografía de Mujer

1º Premio III Concurs de Poesia Dolors Thomas 2012

Mujer ojos terciopelo, 
erizo, pantera y loba.
Mujer araña y enredo, 
persistente, cazadora.

Mujer anillos de fuego, 
de mieles derramadora.
Mujer vasija de cuero, 
lenguaraz y tejedora.

Mujer de amores amante,
sabedora de mil juegos.
Mujer errada y errante,
voraz de bocados nuevos.

Mujer de cuerda entramada, 
violetera en mes de abril.
Serena y tornasolada,
contradictoria, pueril.

Mujer puerto y cordillera,
honda, profunda, distante.
Mujer coneja y chistera, 
deseada y deseante.

Mujer de conciencia alada,
atrevida e insolente.
Medea, Reina de Saba,
precisa, firme, ardiente.

Mujer feroz y dentada, 
vértice y llanura abierta.
Mujer ladera escarpada,
marco, dintel y compuerta.

Mujer médano y espuma, 
sin pecado concebida.
Arabescada de bruma, 
de nueve lunas henchida.

Mujer negra mariposa,
de abalorios y plumaje.
Mujer musgo, espina y rosa, 
serpentina de coraje.

Mujer almidón y tiza, 
reina sin reino y reinada.
Trigales, lágrima, brisa, 
hambrienta y apasionada.

Mujer de bronce pulido, 
escriba, pintora, artista.
Mujer piel, mujer abrigo, 
práctica, idealista.

Mujer de carne y de hueso,
sigilosa, arrebatada.
Toda labios, toda besos,
mujer costura y lazadas.

Mujer de ébano y sal, 
recalcitrante y osada.
Ahuyentadora del mal, 
caracola espiralada.

Mujer de hilos de seda, 
maniquíes de cristal.
Mujer oro y alquitrán, 
cuidadora y hechicera.

Mujer inicio y encuentro,
comible y bien sazonada.
Enhebradora de alientos, 
respondida, interrogada.

Mujer de cielo y rayuela, 
que  no quedes por querer,
ser mujer, ser mujerzuela, 
lo que quieras puedes ser.
                             L.C.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

El árbol donde soltamos a mamá

Hoy he vuelto a ver el árbol donde soltamos a mamá. Es un árbol frondoso, cobijador, más ancho que alto, es añoso y sus raíces sobresalen del suelo y se extienden por allí y por aquí, caminando un perímetro mayor a su tronco y a su volumen todo. Su presencia verde y contundente domina la esquina del parque y mira hacia la avenida que baja desde el barrio alto, donde sólo habitan almas de coches y perfumes importados, donde se supo acunar el niñerío bien y más tarde a cierta casta de políticos, que sobrevino  a dictaduras y democracias. 
De todas maneras, la avenida que enhebra un barrio y otro: el alto y el del árbol en cuestión, tiene nombre de prócer y letras mayúsculas, atraviesa zonas muy diferentes, bordeando la ciudad de Buenos Aires para continuarse en la provincia homónima, kilómetros y kilómetros más allá.
El árbol donde soltamos a mamá es un ombú, un “bellasombra” aunque oficialmente se le conozca por phitolacca dioica. Oriundo de las pampas argentinas y uruguayas, acumula grandes cantidades de agua, crece rápidamente, su copa es muy frondosa y sus raíces son grandes y visibles. Ombú es una voz guaraní que significa sombra o bulto oscuro.
Me agrada descubrir hoy que aquel ombú que recibió a mamá tiene tantas cualidades, nada de esto sabíamos mi hermana y yo, cuando lo elegimos.
Le dimos muchas vueltas al asunto. El sitio de la despedida debía ser único, especial para ella y para nosotras, ni tan lejos ni tan cerca, ni tan serio ni tan ruidoso, ni tan señorial ni tan utilitario, ni tan tan, ni muy muy.
Era diciembre y hacía mucho calor, Buenos Aires es especialmente húmedo y pegajoso en esa época y las fiestas navideñas transcurren entre sofocos y calores. 
Nosotras habíamos decidido pasar juntas esas fechas, eran las primeras sin nuestra mamá. Mi hermana llegó a casa, desde el sur, con su maleta en una mano y con su niño de la otra, un niño de ojos enormes por donde entraba la vida que luego se le salía por la boca a borbotones, en cascadas de letras y palabras que se amontonaban y se decían rápido, muy rápido.
Recuerdo que una madrugada, entre mate y mate, le fuimos dando forma al adiós a la mamá. Mientras tanto, ella descansaba desde hacía meses en una cajita color granate, o color bordeaux como se dice en Argentina, con su nombre y apellido grabados en una chapita de bronce, en un estante de la funeraria de la calle Larrea, casi Santa Fe, a una manzana y media de su departamento, de mi casa de la infancia, de nuestro barrio, de la historia compartida. Ese mismo barrio adonde ella había llegado como premio a tanto esfuerzo, a su recorrido desde el campo, desde el pueblo, como premio a su ejemplo de lucha desde la “nada” al Barrio Norte, a la gran ciudad donde, finalmente, ella pensó que podía ser “alguien” y que para sus hijas el futuro podría estar allí, al alcance de la mano.
A los cinco años de edad mi madre fue cedida, más bien regalada, a su tía Lucía, por su propia madre, que vio la oportunidad de achicar gastos reduciendo el número de bocas que alimentar entre tantos hijos e hijas que tenía. Quiero creer también que mi abuela Catalina deseó darle a su hija menor la ocasión de una mejor vida, de una educación en la capital. Y sin decir aguas va, y sin que mi abuelo, que en ese momento estaba en el campo arando la tierra, lo supiera, le dio la nena a su hermana, la pudiente. Sé que mi abuelo casi enloqueció cuando preguntó por su hija pequeña, para más datos su ojito derecho,  y le dijeron que se la habían llevado tan lejos pero mi abuela era una italiana fuerte y dura y no había quién se le plantara cuando ella decidía algo. 
Así, mi mamá conoció y vivió en una mansión de la calle Larrea y Charcas, en el Barrio Norte de la ciudad de Buenos Aires, caserón que unos pocos años después debió abandonar y volver al pueblo y a la vida entre gallinas porque el destino le jugó una mala pasada y quiso que su sueño se quebrara y las hadas que la habían llevado hasta allí, también se evaporaran.
Por eso, muchos años después, casada y con una hija pequeña y otra aleteando en su panza, mi madre reconquistó el barrio y se instaló en un departamento que compraron con papá, en la misma manzana de la antigua mansión de la tía Lucía. 
Y a escasas dos calles, en aquella funeraria ella pasó el invierno y la primavera del 2000 hasta que mi hermana y yo la rescatamos en el inicio del verano y la llevamos a mi casa, mientras diseñábamos la mejor manera de dejarla libre.
Era rara aquella reunión familiar, donde nos mezclábamos las mujeres y los hombres, de varias edades, de diferentes parentescos, vivos y vivas y la muerta allí, como parte de la escena, en su urna color bordeaux.
Teníamos dos cosas muy claras: que el agua no era el sitio donde depositar aquellas cenizas porque mamá le tenía verdadera fobia y aún con el Río de la Plata tan cerca, majestuoso y bello, no cometeríamos el sacrilegio de echarla allí. 
Y la otra cuestión era el deseo de mamá expresado más de una vez medio en serio, medio en broma: “cuando yo me muera, me ponen en una cajita y me tienen allí, en su casa”… Ay viejita, tenías tanto horror al agua como a la soledad y a verte lejos de tus niñas. Como siempre te aclaré que eso no lo haría jamás, que no te conservaría en mi casa, aquello quedó descartado de plano al decidir qué hacer contigo ahora que había llegado el momento de soltarte.
Queríamos encontrar un lugar cercano a tu guarida de los últimos cincuenta años para que te sintieras como en casa, a gusto. Que fuera al aire libre, de ser posible donde hubiera plantas y flores, para que respiraras el aroma de la naturaleza y pudieras fundirte en ella.  Que de noche, la luna inundara el claro para que te invadiera su redonda luz. Que la brisa se acercara un tanto para que la leve agitación de las ramas te tocara y te meciera a vos  también. 
Y nos acordamos de aquel árbol, cerca de Plaza Francia, en el barrio de la Recoleta. Parecía reunir todas las condiciones y además tenía una rama que se extendía larga y recta a un costado, paralela al suelo, algo relajada, una rama-brazo que invitaba a acercarse, a cobijarse, a sentarse sobre ella y susurrarle secretos. 
Mi hermana y yo escogimos cuidadosamente los abalorios de la ceremonia: la música clásica que te agradaba y tu poema preferido.
Y ese diciembre, partimos ambas, al calor del mediodía, muñidas de la grabadora, de Almafuerte garabateado en un papel y por supuesto, de la cajita color granate donde vos nos acompañabas.
En mi casa quedaron hijos e hija, la mujer que nos ayudaba con las tareas de la casa y un televisor encendido. La vida misma, la vida de todos los días que transcurría como debía ser, con sus ruidos, con sus bostezos, con sus portazos, con sus timbres, con sus estupores, con la mesa servida y la ducha reparadora. 
A poco de llegar a destino ya divisamos al ombú que nos esperaba sereno y elegante, dominando el horizonte, sujetando el aire, subyugando la escena…
A sus pies nos rendimos y allí mismo desplegamos nuestros elementos, habíamos conjurado el tiempo, habíamos detenido la espera, habíamos conspirado contra la nostalgia. Estábamos allí, las tres, y esto significaba un antes y un después, se imponía la necesidad del adiós, ahora sí era verdad que mamá había muerto.
En la ceremonia de la despedida sonó la primavera de Vivaldi, leímos a Almafuerte “no te des por vencido ni aún vencido…”, nos pareció oírte tararear la música y declamar los versos, nos pareció verte cuando abrimos entre las dos la cajita color granate y la dimos vuelta hacia el sol. 
No se movía una hoja en el parque, sólo los ruidos de algunos pasos, de voces infantiles, de alguna bocina, alteraban ese mágico momento.
Nos miramos mi hermana y yo cuando juntas descorrimos la tapa de la urna y en ese claro y calmo mediodía de diciembre en plena ciudad de Buenos Aires, te soltamos, querida mamá. 
No me pregunten cómo ni de dónde ni por qué pero en ese preciso instante una ráfaga inesperada de viento suspendió en el aire la lluvia de cenizas que se lanzó sobre mí, trayéndome a mi madre. Mi piel, húmeda por el calor reinante, la recibió como una mano recibe a un guante de satén y menos mal que alcancé a cerrar la boca porque sino, literalmente, la habría devorado. 
Fue un último intento de quedarte allí conmigo, lo supe incluso en mi desconcierto, en la mirada confusa de mi hermana, en mis toscos ademanes al sacudirme el manto parduzco que me cubría.
Pero ya no era posible, tu lugar era el ombú cuyas raíces te recibían gozosas y así el ciclo volvía a comenzar dando forma a la espiral de la vida y de la muerte. 
                                    L.C.

martes, 3 de diciembre de 2013

Deseo de ti

Imagen prestada por Ana Laskowski
quién eres 
que provocas en mí este aleteo
de velas encendidas
este ardor en la piel
que secuestra mis neuronas
y va abrasando mis valles
quemando mis bosques
desvistiéndome entera
para alcanzarte
y bailar danzas de fuego

quién soy
que no duermo ni vivo
ni como ni pienso
sino en ti
y en mi deseo de habitarte
y que me habites
de sur a norte
sin perdernos detalles
torciendo en las esquinas
saboreándolo todo
                  L.C.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Hay versos

Hay versos ocultos besando mi almohada,
hay versos doblados en cuatro 
como servilletas de mesa de fiesta,
como campanarios que tocan a muerto 
desde las capillas de pueblos lejanos.
Hay los que salieron a poner palabras en ríos de sangre,
los que se quedaron 
acunando quejas de soles de otoño.
Hay versos inermes 
esperando el día de soltar amarras,
mudos de promesas, ausentes de sal.
Hay los congelados en cápsulas quietas
de absurdas mentiras.
Hay versos autistas,
desesperanzados, ansiosos y ateos
y hay los que atrapan la risa sin tiempo,
relojes de arena recién estrenados,
brújula estropeada de rumbos esquivos.

Hay versos tan puros, tan íntimos… 
tan tuyos, tan míos, tan nuestros…
que en la madrugada de vino y nostalgia
son rosas de viento sobre los tejados, 
son pausa y desierto en todas las camas.
                                    L.C.

martes, 26 de noviembre de 2013

Al Pasado

Ya se escaparon las horas más felices.
También las más opacas.
Obra de la artista plástica Allison García
Ya se cruzaron de vereda como
cigüeñas, paja y nido en una misma puerta
—corona de tu alcoba amurallada—.
Ahora,
tan distinto como eres,
y sin permisos,
quiero saber de ti lo que no sufra.
Quiero bailarte
—aunque soy lenta y torpe—
no el bolero ni el vals:
tan sólo el suave, el viejo, el tierno
(apasionadamente), el abrazado,
el hondo (airadamente), el tango nuestro.
Y elevarte a los vientos,
en abanico,
bostezando en esquinas
—fanático y ardiente—
el baile enardecido
como una viva y luminosa llama.
                             L.C.
                          (a la manera de Ángel González)

domingo, 17 de noviembre de 2013

Serpentea

Entera y sin costuras. Arañando la costa como babas del diablo, la espuma serpentea. Como último aliento de un orgasmo infinito. Como el reborde alado de un ángel sin memoria que repite y repite la cadencia inconclusa.

Se abandona en la orilla y se confunde en abrazo —húmedo, carnal, profano con la piel firme y cetrina que la absorbe gozosa. 
Espirales de besos van dejando la huella de esa unión perenne, inevitable.

Entera y sin costuras vuelve una vez y otra vez a desmayarse sobre el límite final del viaje, en el principio del después, horizonte y frontera, arena y sal. L.C.

Por qué escribimos?

Que la poesía es un bálsamo, una almohadilla para el alma y que escribiendo exorcizamos nuestros propios fantasmas son algunos de los pretextos que las personas poetas utilizamos para animarnos a continuar amalgamando imágenes y palabras.
Escribimos porque nos gusta, porque existe un deseo que nos impulsa a hacerlo casi compulsivamente.
Y así vamos como posesas, arrojando nuestra desnudez fuera de la ducha, chorreando agua por la casa para apuntar la idea, el verso, el giro que se nos acaba de ocurrir. Para ello contamos con arsenales de cuadernos de todos los tamaños y colores desparramados en cada bolso, cajón y rendija de nuestras estancias habituales. Y cómo no con lápices, bolígrafos y hasta un labial si sirve para capturar un adjetivo, ése que estamos buscando desde la madrugada esquiva al sueño.
Contamos mentalmente y con los dedos las sílabas para que nos dé la métrica perfecta, a veces en secreto, en solitario, pero muchas en voz alta y con descaro. En el tren por ejemplo, ese pasaje que nos observa atónito, se va alejando a distancias prudenciales de nuestra locura métrica, desconcertado.
Nos dejamos transportar por los rieles y nos perdemos en el brillo del Mediterráneo que titila turquesa allí al costado, de repente y sin aviso las emociones exigen su inminente traducción en un poema, que al fin nace.
De a ratos nos atrevemos a presentar nuestra obra en concursos literarios, con cierta timidez y una espiral de mariposas desatada en el centro del plexo solar. Pero lo hacemos, somos poetas y volamos!
Y cuando quedamos finalistas o premiadas y son otros labios, otros ojos y otras almas las que salen a bailar con nuestra poesía… qué placer enorme es celebrar la vida!   L.C.